martes, 18 de agosto de 2015

San Pablo y el uso político de la palabra Evangelio en el mundo romano.




Pablo, al igual que el resto de los primeros cristianos, fue un hombre de su tiempo, y como tal vivió en una cultura y cosmovisión  distinta a la nuestra, en la que las palabras y los  conceptos no siempre significaron lo mismo que hoy. Esta labor, la de encontrar el verdadero significado de los términos y las palabras en otras culturas es tarea de la Historiografía y  la Lexicografía.
         
           La palabra evangelio (εὐαγγέλιον), literalmente buenas nuevas, probablemente hoy en día haya sido cargada de un significado únicamente evocado al ámbito espiritual, olvidando por otro, su significado más político. Antes de empezar hay que recordar que en el mundo antiguo esa división entre lo religioso y lo político no existía, es más lo político estaba íntimamente ligado a cuestiones que hoy consideraríamos únicamente religiosas.

         En primer lugar, al igual que muchas otras palabras el término evangelio no fue una palabra que tuvo su génesis con Pablo o los evangelistas, no fue un término  creado por los primeros cristianos. La palabra evangelio aparece ya recogida  en la literatura veterotestamentaria:


Súbete a un alto monte,

oh Sion, portador de buenas nuevas[Evangelio];

levanta con fuerza tu voz,

oh Jerusalén, portadora de buenas nuevas[Evangelio];

levántala, no temas.
Di a las ciudades de Judá:
Aquí está vuestro Dios.
10 
He aquí, el Señor Dios vendrá con poder,
y su brazo gobernará por El.
He aquí, con El está su galardón,
y delante de El su recompensa. Isaías 40.9-10

¡Qué hermosos son sobre los montes

los pies del que trae buenas nuevas [Evangelio],

del que anuncia la paz,

del que trae las buenas nuevas [Evangelio] de gozo,

del que anuncia la salvación,
y dice a Sion: Tu Dios reina! Isaías 52.7


Y también aparece recogida  en el mundo romano en la siguiente inscripción dedicada al primer emperador romano:
La providencia  que ha ordenado nuestras vidas, mostrando su preocupación y celo, ha ordenado la misma perfecta consumación a través de Augusto, dándole virtud para hacer la obra  de benefactor de los hombres y, con él, enviándonos a nosotros y a los nos seguirán un salvador,  que pone fin a la guerra, que implanta el orden por doquier...; el nacimiento del dios [Augusto] fue desde el principio del mundo de las alegres buenas [Evangelio] que el ha traído a los hombres... Inscripción de Priene `[1]

         Como podemos ver, pues, la palabra evangelio  era ya  usado por ambas culturas, que no eran para nada herméticas, y en ambos textos tienen un sentido político y  no únicamente religioso. 

      Pablo y los primeros cristianos recogen esa palabra porque observaron que  el cumplimiento de esas promesas  veterotestamentarias, que consistían en Dios gobernando y  destronando a los dioses paganos,  de la victoria de Israel  y de la caída de Babilonia, de la llegada del siervo rey y la consecuente llegada de la paz y la justicia [2] habían comenzado con Jesús. Y esto es lo que observamos en sus escritos:

     Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios,  que El ya había prometido por medio de sus profetas en las santas Escrituras,  acerca de su Hijo, que nació de la descendencia de David según la carne,  y que fue declarado Hijo de Dios con  poder, conforme al Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos: nuestro Señor Jesucristo, Romanos 1.1-4

     Pero también, probablemente, porque como indica  Richard A. Horsley en su obra  Jesús y el Imperio, "En el mundo imperial romano, el “Evangelio” eran las buenas nuevas de que el césar había establecido la paz y la seguridad. César era el “salvador” que había traído la “salvación” a todo el mundo. Las gentes del imperio debían tener “fe” (pistis/fides) en su “señor” el emperador. Además, el césar, señor y salvador, había de ser honrado y celebrado en las “asambleas” (ekklesiai) de ciudades como Filipo, Corinto y Efeso. Al aplicar este significativo lenguaje imperial a Jesús-Cristo, Pablo lo estaba convirtiendo en la alternativa o en el verdadero emperador del mundo, cabeza de una antiimperial sociedad alternativa internacional . En efecto, Pablo insistía ante las “asambleas” alternativas que él ayudó a crear, algunos de cuyos miembros eran un tanto escépticos o no lo entendían, en que Cristo estaba a punto de retornar como Señor y salvador en una parusía al modo imperial que, evidentemente, terminaría con el reinado de Roma e instauraría el “Reino de Dios” (cf. Flp 3,19-21; 1 Cor 15,24-28; 1 Tes 4,14-18). No hay que admirarse, entonces, de que Pablo tuviera fama de haber predicado en Tesalónica y en otros lugares que “hay otro emperador llamado Jesús” y que sus asambleas estuvieran actuando “contra los decretos del césar” (Hch 17,7)." [3]



1. Wrigt, N.T. El verdadero pensamiento de Pablo,  Clie, 2002, p. 49.
2. Ibid. p. 50.
3. Horsley Richard A. Jesús y el Imperio,Verbo Divino, 2003, pp. 165-190

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